Un relato apocalíptico y visualmente impactante que invita a reflexionar sobre el hogar y la pertenencia a través de la travesía de unas simples semillas.
Si tanto reniegan de que en los cines comerciales no hay películas que se salgan de la fórmula de Hollywood, ahora sí tienen algo distinto para ver: El gran viaje (Planètes), de la directora japonesa Momoko Seto, una aventura apocalíptica y planetaria contada desde el punto de vista de cuatro semillas de un diente de león, obligadas a buscar un nuevo hogar luego de que unas bombas nucleares comienzan a devastar la Tierra.
Sin diálogos, sin humanos, sólo las semillas aventurándose por territorios inhóspitos y gélidos mientras descubren otras plantas, otros insectos, una rana, hongos y una vegetación cautivante y sorprendente, El gran viaje es una suerte de pequeño prodigio experimental en el que se combinan la macrofotografía, el time-lapse y la animación.
La directora demuestra gran capacidad narrativa al lograr que una historia tan simple (filmada en Japón, en Islandia y en distintas regiones de Francia) nos mantenga enganchados durante 76 minutos, siguiendo la búsqueda de un nuevo hogar de sus atípicas protagonistas, que tras salir de la Tierra se van al espacio, ingresan en un agujero negro y terminan en lo que aparentemente es otro planeta habitable.
La película se estrenó el año pasado en el Festival de Cannes (en la Semana de la Crítica) y es una modesta animación que aprovecha sus múltiples técnicas con ingenio para construir un relato atravesado por una profunda preocupación ecológica, además de estar íntimamente ligada a la experiencia vital de Seto, nacida y criada en Japón y radicada actualmente en Francia, una condición que la llevó a lidiar con la sensación de desarraigo.
